viernes, 24 de abril de 2015


COLUMNA FE DE ERRATAS

Por Mario Hernández

Con un desenlace mortal, en Bacalar, la intoxicación de varias personas por consumir pollo asado, le restriega en la cara al titular de la SESA, Juan Lorenzo Ortegón Pacheco, especialista en viaticaos y modelo consuetudinario de retratistas de medios de comunicación- prioridades en su desempeño como funcionario-, que todo en esa dependencia es un repugnante simulacro de trabajo.

Después de que un menor de dos años perdiera la vida por comer el producto que expendía un “asadero” en esa población, cual sepultureros, personal de la Comisión Federal de Riesgos Sanitarios y de la Secretaría Estatal de salud, corrieron a “tapar el pozo”; es decir, procedieron a “clausurar” el infeccioso asadero de pollos.

De no haber ocurrido esa tragedia, el negocio hubiese continuado operando gracias a la omisión, complacencia o corruptelas de las autoridades señaladas, como operan muchos negocios expendedores de alimentos, a la vista de todos, violatorios a las reglas sanitarias.

¿Qué consumidor callejero no ha visto las mugrientas uñas negras de quienes venden tacos en la vía pública?

¿A cuántos transeúntes no se les revuelve el estómago al respirar la fetidez de las coladeras que están al lado o bajo un puesto callejero, vendiendo perros calientes, tacos, agua de coco o lo que usted guste?

Por supuesto que la mayoría de los ciudadanos constatan lo anterior, menos los encargados de vigilar las normas sanitarias, pues éstos no trabajan y/o quizá reciben una mochada o están ciegos.

Tampoco ningún consumidor de fritangas ofrecidas sobre las baquetas invadidas tiene la certeza de que las carnes de los tacos, tortas, empanadas, salbutes y demás antojos allí vendidos, hayan pasado por un rastro que acate las normas de higiene.

Para hablar de un caso concreto, sólo uno, púes sobran, citaremos aquí el asqueroso ejemplo de los expendios de pollo en donde, a unas cuantas cuadras de donde fingidamente despacha Juan Lorenzo Ortegón Pacheco, los consumidores compran en la esquina de las calles Belice y Cristóbal Colón.

Allí la venta de ese producto aviar se lleva al cabo rodeado de aguas fétidas.

La única posible explicación de esta peligrosa anomalía es que el propietario de las accesorias o los vendedores de pollos tiene algún “arreglo” con personal corrupto de la SESA.

Sin embargo la irresponsabilidad y la artificiosidad de la Secretaría Estatal de Salud del Estado de Quintana Roo no termina allí, también la vemos en sus campañas de dotación de abate en los domicilios de los habitantes.


No hay funcionario de esa institución que no nos salga con el cuento de que el combate al mosco trasmisor del dengue es un hecho. Pero, ¿efectivamente dotan a la población del suficiente abate ello?
En los hechos, no. Le diremos por qué.

Hasta hace poco, en esa acción, personal de vectores pasaba casa por casa, revisaba recipientes con agua, daba algunas sugerencias y al irse dejaba unas pequeñas bolsas de abate.

Hoy eso ya no ocurre, porque a ninguno de los servidores públicos involucrados le interesa la salud de los quintanarroenses. Hoy, en lugar de dejar en los domicilios varios sobrecitos de ese producto, se limitan a echar, con una vieja cuchara, unos cuantos granos de abate.

¿La razón? La máquina que envasaba el insecticida está averiada y claro, como el secretario de salud se gasta el presupuesto en viáticos, viáticos y más viáticos, no hay dinero para reparar la embolsadora de abate. Total: que se jodan los habitantes, al fin que no son familiares de los infames servidores públicos a los que les paga el pueblo por cuidar la salud pública.

Podríamos continuar la exposición de las simulaciones que hacen los “jefes” de la SESA con los programas que manejan, pero no deseamos abusar de la paciencia del lector.

Sin embargo la inutilidad de Juan Lorenzo Ortegón Pacheco es altamente perniciosa para Quintana Roo, potenciando la irresponsabilidad de sus subalternos, quienes hacen lo que se les antoja, desde acudir a su trabajo cuando se les hincha la voluntad o enorgulleciéndose de que cobran sin laborar.

Como a todos ellos no les importa que fallezca un menor por comprar y comer pollo en mal estado, cerramos estas líneas con dos preguntas.

¿Así previene la SESA la salud pública de un estado turístico que está en la mira del mundo? 

¿En qué lío internacional se metería Quintana Roo si un visitante extranjero llagase a morir por consumir un alimento en descomposición?


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