viernes, 29 de mayo de 2015




Ese día Roma era un hervidero de nervios en la piel de los sindicalistas y movimientos sociales. Cientos de italianos que soñaban por la izquierda se aglomeraban en las proximidades de la sede de la FAO esperando por el encuentro que Fidel quería concertar con ellos y que no pudo concretarse por la dinámica de la Cumbre.
Para muchos de ellos su presencia en Roma significaba el privilegio de coincidir en tiempo y espacio con el paradigma de hombre, con el estadista visionario y, también, de saberlo no solo cubano sino universal. Era para muchos la concreción de un sueño. Era el 16 de noviembre de 1996.
“Si el mundo se conmueve con razón cuando ocurren accidentes, catástrofes naturales o sociales, ¿por qué no se conmueve de la misma forma ante este genocidio que tiene lugar cada día delante de nuestros ojos?”
Era esta interrogante la clave de la intervención que hace casi 19 años marcó en la capital italiana las pautas de la humanidad toda para autosalvarse. Preocupación no solo de un líder, de un archipiélago o de un hemisferio, sino de ese 85 % de la población mundial que viaja en la parte más negra del barco —humanidad—, y cuyo destino parece ser chocar con el “iceberg” de la autodestrucción.
Casi dos décadas después, los retos crecen y obligan a acelerar soluciones humanas, pues la realidad descrita por el líder histórico de la Revo­lución Cubana ante la Cumbre Mundial de la Alimen­tación ha cambiado poco.
Tal vez han cambiado los nombres de países, convertidos en dianas de nuevas guerras y alguna que otra coyuntura. Pero eso es cosmética. La esencia dibuja una humanidad urgida por encontrar respuestas a las preguntas de Fidel. Y su discurso podría decirse acabado de pronunciar, por la marcada vigencia de cada letra y cada signo de interrogación.
Las “curas de mercurocromo” aún no llegan y la meta entonces —irrisoria cual discreta— para que en 20 años hubiese “400 millones en vez de 800 millones de hambrientos” sigue subiendo debates, pero bajando pocos frutos. Sobre todo, porque ese lapso ya casi se ha consumido y —si bien se ha rescatado a más de 216 millones de personas de ese flagelo—, las cifras aún alarmantes de los que no tuvieron igual suerte continúan ocupando titulares de prensa.
La FAO, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) definen proyectos y destinan cuantiosos fondos para combatir el hambre, sin embargo, su consecución depende de la voluntad de los gobiernos y del concurso de esfuerzos compartidos, aterrizados en un proyecto común que trascienda los espacios de eventos y foros.
En ello le va la vida a decenas de miles de personas —buena parte son niños— que cada día mueren, como promedio, por esa vergüenza social que es el hambre. Las causas permanecen inamovibles, cuajadas por la inercia mental de la minoría que tiene en sus manos el poder de decisión para reivindicar el derecho de la mayoría y cerrar así un capítulo oscuro de salvajismo y apología del “yo individual”. En sus manos está la conservación de la especie humana.
“Son el capitalismo, el neoliberalismo, las leyes de un mercado salvaje, la deuda externa, el subdesarrollo, el intercambio desigual, los que matan a tantas personas en el mundo”, decía Fidel entonces y sus palabras mantienen plena vigencia.
El informe anual sobre El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo-2015 —presentado hace apenas unos días con la participación de la FAO, el FIDA y el PMA— convoca a no dejar para luego debates que definen el presente y futuro de nuestra casa-mundo. Amén de la reducción del hambre en los últimos diez años, todavía persisten 795 millones de personas subalimentadas, mientras se desperdicia un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano y la mala distribución de esos productos genera brechas abismales, y casi irreconciliables a corto y mediano plazos.
Han alcanzado la meta de reducir a la mitad la proporción de personas hambrientas para el año 2015, 72 países (en desarrollo) de los 129 analizados en este sentido. Sin contar otras nueve naciones que están, por estrecho margen, cerca de conseguir ese sueño. A ello se une el hecho plausible de que “29 países han cumplido el objetivo más ambicioso establecido en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación en 1996, cuando los gobiernos se comprometieron a reducir a la mitad la cifra absoluta de personas subalimentadas para el 2015”.
“Una de cada nueve personas en el mun­do sigue padeciendo hambre en el periodo 2014-2016. El número total de personas subalimentadas se redujo en los dos últimos años. Su proporción, en relación con la población mundial o la prevalencia de la subalimentación, disminuyó (…) a un 10,9 %” en ese mismo lapso, trasciende en el informe.
En tanto se advierte el buen ritmo de América Latina y el Caribe, al cumplir las metas internacionales en el tema y se reconoce, en el caso de Cuba, el compromiso y gestión del Estado en el logro de ser “uno de los países con mayor disponibilidad de alimentos en términos calóricos per cápita de la región”, aun cuando queda mucho camino en pos de hacer coincidir oferta y demanda, en una nación altamente importadora de alimentos.
Sin embargo, en el año que marca el fin de un ciclo en el seguimiento de las pautas establecidas por los Objetivos de Desarrollo del Milenio y la transición a una nueva etapa, apremia a todos el imperativo de operar un cambio que supere —por la dimensión y el despliegue de su agenda— a los cambios que el clima impone. Máxime cuando los últimos análisis del estado de la población mundial, reflejan una tendencia in crescendo en cuanto al número de habitantes en el orbe.
Cuando en 1990, los líderes mundiales convinieron adoptar la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas —contentiva de ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio—, no en balde dedicaron el primero de ellos al tema del hambre, específicamente a reducir a la mitad la proporción de hambrientos y el índice de pobreza. El acuerdo marcaba  un compromiso mundial en el empeño de ofrecer un vuelco de página a millones de personas con una historia de vida permeada por la indigencia y la malnutrición.
Y es que —ahora, como cuando lo advertía el líder cubano— “las aguas se contaminan, la atmósfera se envenena, la naturaleza se destruye (…), el medio ambiente se deteriora y el futuro se compromete cada día más”.
Nepal grita “auxilio” y ve con incertidumbre la recuperación económica. El Oriente Medio se cuece en conflictos patrocinados en dólares, desde Occidente, y algunos países de África exigen más ayuda real y menos fanfarria de socorro virtual.
Y como por efecto dominó, millones de dólares se escapan en casinos, armamentos y trainings militares. La industria de la guerra, que es decir, el negocio macabro de matar gente, engorda más las arcas de sus misters y “capo”, en detrimento de millones de estómagos.
Todo ello en coyunturas donde la virtualidad de las relaciones estribadas del desarrollo tecnológico y la hiperbolización de la sociedad de consumo son lo más parecido a una radiografía del mundo actual. Y en él, la seguridad y soberanía alimentarias se codean con la utopía, en tanto los ricos son la exigua excepción y los pobres, la regla.
Otra vez me asalta la duda: ¿será que regresa el hombre primitivo o que se desinhibe, a velocidad preocupante, lo más primitivo del hombre? Justo porque matar personas es un crimen, no matar el hambre también lo es.
Tomemos partido en este minuto para saldar el débito ecológico en lugar de la deuda externa —como ha insistido en disímiles escenarios nuestro Comandante en Jefe— y que “desaparezca el hambre, no el hombre”.
Fidel lo aseveró y la historia le ha dado la razón. “Las campanas que doblan hoy por los que mueren de hambre cada día, doblarán mañana por la humanidad entera si no quiso, no supo o no pudo ser suficientemente sabia para salvarse a sí misma”.(Sheyla Delgado-Granma)

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