viernes, 19 de junio de 2015


Cargado de sueños de un futuro mejor para su hija, Héctor Cardona arribó a Altar, Sonora, para intentar cruzar a Estados Unidos; pero al llegar se topó con que, para lograrlo, tenía que convertirse en traficante de drogas.
Si los migrantes que llegan a Altar no tienen dinero para pagar un pollero que los cruce, pueden cubrir el costo llevando un extra en su travesía por el desierto: una maleta repleta de mariguana.
Así, de pronto, Héctor pasó de ser migrante a ser narcotraficante… aunque fuera solo, para pasar a Estados Unidos.
Su travesía desde Honduras duró dos meses. Juntó un poco de dinero para llegar desde su casa hasta Chiapas y ahí subió a “La Bestia”, el transporte de los pobres, como él le llama.
Al ser asaltados en el camino y despojados de todas sus pertenencias, estos hombres y mujeres arriban muchas veces sin otra cosa más que su intención de caminar por la arena del desierto.
Sin dinero para pagar los 3 mil dólares que cobra un guía, más las cuotas de los retenes que grupos criminales han instalado en los 90 kilómetros que separan a Altar de la frontera –se deben pagar 3 mil 500 pesos solo para salir de esa localidad–, los migrantes reciben una oferta difícil de rechazar.
Los delincuentes, parte del cártel de Sinaloa que controla esa zona, les ofrecen convertirse en “burreros”: cruzar con una maleta cargada de mariguana y darles una cantidad en efectivo al llegar a su destino, a cambio de guiarlos en el camino a sus sueños.
“Supuestamente ellos dicen que lo llevan a uno hasta Tucson (Arizona), allá recogen la mota, lo recogen a uno y le dan mil 500 dólares, que es el pago, para que uno de ahí se mueva a donde quiera ir.
“Uno escucha en el camino que mucha gente habla de ‘la burreada’, de ‘la mochileada’, y que ahí todo mundo pasa. Y uno escucha bonito, que ‘eso de la mochileada’; uno cree que es fácil, que solo es ir y ya pasa uno (…) Yo tuve que hacerlo porque no me quedó de otra”, narró Héctor.
Sin embargo, “burrear” en pleno desierto, bajo un calor de más de 55 grados centígrados, asediados por un sol inclemente, pisando la arena que abrasa sus pies hasta los huesos y perseguidos por la ‘Border Patrol’ –la Patrulla Fronteriza-, se convierte en una actividad donde más de uno ha dejado la vida.
EL NARCOTRÁFICO EN LA FRONTERA
En Honduras, Héctor dejó a su hija y su madre en total pobreza, sin dinero siquiera para comer.
Con lágrimas en los ojos, Héctor se confesó desesperado por la situación de sus seres queridos. Se dijo dispuesto a lo que sea con tal de pasar a Estados Unidos y encontrar un trabajo para enviar dinero a los suyos.
Fue su desesperación la que le hizo intentar ya una vez pasar con la droga que le ofrecieron los delincuentes. Y seguirá haciéndolo hasta que consiga quedarse de aquel lado del muro fronterizo.
Él y otros tres hondureños que conoció en el camino hacia Altar, decidieron aceptar la oferta de “burrear” a cambio de tener libre paso hacia Estados Unidos.
Los cuatro migrantes escucharon sobre “la mochileada” en La Bestia. Y a los cuatro les pareció maravilloso pasar la frontera sin pagar un solo quinto y tener dinero para enviar a sus familias.
“Yo decía: ‘Ay Diosito lindo, cuando llegue allá y me den mis mil 500 dólares que me decían, mando mil para allá para que coman mis hijos, mi familia, y 500 para estabilizarme yo’”, relató Marvin Umanzur, otro de los migrantes hondureños del grupo.
Los cuatro fueron contactados por personas del grupo criminal en la plaza principal de Altar… y se la jugaron.
Héctor, Marvin y otros dos compañeros fueron llevados hasta donde les entregarían la mariguana para iniciar el viaje. Fue entonces que se dieron cuenta que aquello no sería tan fácil como lo imaginaban.
Frente a ellos, los criminales pusieron una mochila de grandes dimensiones con 35 kilos de mariguana, que apenas se puede cargar por su tamaño, y a la que hay que añadir las provisiones de ropa, comida y agua para pasar hasta una semana caminando en el desierto.
Todo aquello tiene un peso de más de 50 kilos que, en los caminos que deben pasar, se convierte casi en su propia cruz.
Los guías que pertenecen a los grupos del crimen organizado se llevan de dos en dos a los “burreros” cargados de droga para intentar pasar desapercibidos y evitar perder una mayor cantidad de mariguana si son capturados.
Vestidos con ropa tipo militar, llevan a estos hombres a través de las montañas más escarpadas de la zona y por terrenos de difícil acceso por donde casi no pasa “La Migra”.
“Es difícil, pero uno le pide fuerzas a Dios. Al final ahí lo corretea a uno ‘la Migra’ y si lo agarran con droga a uno le va peor, porque tiene que correr y botar todo y tratar de salvarse y regresar o morir. Uno tiene que volver obligadamente”, dijo Héctor.
La Patrulla Fronteriza no es la única amenaza. A Héctor y su compañero les tocó cruzar con un guía adicto que durante 14 días los mantuvo en el desierto, inmóviles, porque había encontrado un lugar para poder drogarse sin que nadie lo molestara.
Al final de dos semanas, cuando las provisiones se agotaron al máximo, los dos migrantes y su guía emprendieron el camino de regreso a México. Tuvieron que decir al jefe criminal que los policías fronterizos los habían perseguido para evitar represalias –incluso la muerte-.
Marvin y su acompañante no tuvieron la misma suerte. Ellos sí lograron avanzar en territorio estadounidense, pero fueron perseguidos por la Patrulla Fronteriza y tuvieron que regresar huyendo a México. Marvin llegó de nuevo a Altar con los pies llenos de grandes ampollas por las heridas que le provocó el calor. Sus ingles sangraban por el roce de la ropa y el sudor excesivo. Decidió regresar a Honduras.(Imelda García-Reporte índigo)

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