miércoles, 24 de junio de 2015


Democracia, dentro del lenguaje político, quizá sea uno de los conceptos más utilizados por los personajes que se mueven en esa esfera.
Sin embargo pocas veces esos protagonistas aluden a las características de la misma. Por ejemplo, jamás aluden a su profundidad.
Y es que como praxis, la democracia mexicana es tan mocha como manoseada.
No obstante, en su nombre el Estado ha erigido organismos encargados de los procesos electorales, que lo mismo han merecido elogios que vituperios.
Pero hasta allí se queda la democracia. Años y años de su reinado, mas de allí no pasa.
En el andamiaje institucional, la elaboración, ejecución y vigilancia de los planes de gobierno desconoce lo que significa democracia, pues el mando es vertical.
A este escenario hay que añadir la posición racista del segundo de a bordo del Instituto Nacional Electoral- segundo, pues la máxima autoridad en la estructura del INE es el Consejo General-, actitud que el mundo conoció cuando Lorenzo Córdova Vianello se refirió a los indígenas mexicanos con burla.
Cuando los desdenes de Córdova Vianello fueron descubiertos ante la opinión pública, este señor pretendió salirse por la tangente, bajando una cortina de humo con el argumento de que había sido espiado telefónicamente, cuando existía de por medio un agravio mayor a los más de 50 grupos étnicos que tiene nuestra nación.
Ante tamaña ofensa, lo menos que se esperaba de ese funcionario electoral era su renuncia inmediata. Pero no sólo no ocurrió eso, sino que recibió el espaldarazo mayoritario del Consejo General.
Lo inusual del desdén indígena es que el artículo 45 de la Ley de instituciones y Procedimientos Electorales, en el capítulo de las atribuciones de la Presidencia del CG no autoriza nada al respecto, como tampoco el Reglamento Interior, en su artículo 16, le da poder para tratar con desprecio a los indígenas.
Otro asunto excluyente de la democracia, de la que muchos se ufanan de practicar, como si fuese motivo de orgullo, son los requisitos que exige el órgano para ser Consejero electoral, impidiendo que millones de mexicanos ni siquiera puedan aspirar a ser integrantes de esta instancia, toda vez que establece tener una licenciatura.
Esa imposición académica, en un país en donde el analfabetismo se cuantifica en millones y en donde la proporción de alumnos que inician la primaria y los que finalizan una carrera es preocupante, margina a un importante sector de la sociedad que desearía participar en la organización y desarrollo de las elecciones.
Es decir que la machacona cantaleta de que los órganos electorales están “ciudadanizados” es una más de las mil y una falsedades de esta democracia burguesa, que hace a un lado a los trabajadores que no tuvieron el privilegio de acudir a una institución de nivel superior; una democracia que le cierra el paso a los obreros, comandada por un racista y entes elitistas. (Mario Hernández/24-VI-2015)





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