lunes, 1 de junio de 2015




Desde las primeras manifestaciones contra el gobierno de Pérez Molina, se ha venido escuchando a algunos jóvenes universitarios y jóvenes pe­riodistas departamentales, que “ojalá le den Golpe de Estado al presidente”. Obviamente, tales jóvenes nunca vi­vieron el enfrentamiento armado in­terno ni un Golpe de Estado Militar. Unos por su juventud y otros, que no son tan jóvenes, porque pertenecen a la clase “bien”, y nunca sufrieron los problemas del conflicto interno.
Un Golpe de Estado es la toma sor­presiva y muchas veces violenta del poder político, por un grupo de poder que coarta las garantías constitucio­nales de un Estado. Al haber Golpe de Estado Militar se pierden los de­rechos de libre locomoción, de expre­sión del pensamiento, de reunión pa­cífica, de manifestación, se establece Toque de Queda, los militares bajan de las camionetas a los pasajeros, se reciben culatazos, hay allanamientos de casas particulares, detención ile­gal de personas, etc. Los mayores de 35 años de edad, recordarán lo que significa un Golpe de Estado, en ma­teria de pérdida de derechos consti­tucionales.
En Guatemala hubo golpes milita­res antes de la Revolución de 1944 y después de la misma. Los golpes de estado militares se pusieron de moda desde 1954, iniciando con el derroca­miento de Jacobo Arbenz. Los hubo durante el asesinato de Carlos Casti­llo Armas, durante el gobierno de Mi­guel Idígoras Fuentes, intentos con­tra Julio César Méndez Montenegro, y luego, en 1982, contra Lucas Gar­cía, y, finalmente, contra un mismo golpista, Efraín Ríos Montt. Después hubo muchos intentos contra Vinicio Cerezo, un autogolpe de Jorge Serra­no Elías, que quiso ser aprovechado por el ejército y, más recientemente, durante el gobierno de Álvaro Co­lom, con el caso Rosenberg. Detrás de ellos estuvieron siempre los due­ños del poder económico, las familias más ricas del país y, con excepción del último, el gobierno de Estados Unidos de América.
Por tales razones es que los adul­tos, padres de familia, profesiona­les, catedráticos, a quienes les tocó sufrir las duras consecuencias de un Golpe de Estado, deben orien­tar a los jóvenes, universitarios o no, para que durante las marchas no caigan en provocaciones, que no causen disturbios ni destruyan propiedad privada o del Estado, para no dar razones a los dueños del poder económico y al ejército y evitar que se den el gusto, de nue­vo, de gobernar el país a su antojo. Por el contrario, deben mantener la institucionalidad del país.(Carlos Enrique Fuentes Sánchez-Diario La nación)

 

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