martes, 9 de junio de 2015




MATANZAS.—En el trayecto, Martí iba ob­ser­vando con curiosidad todo el paisaje. El viaje por ferrocarril desde la capital hasta el poblado de Nueva Bermeja, hoy Colón, debió ser muy atractivo para aquel niño de nueve años de edad.
Luego, desde allí y hasta Caimito del Ha­ná­ba­na, a una distancia de unos 35 kilómetros, el re­corrido sería presumiblemente a ca­ballo y con paradas intermedias para el ne­ce­sario des­canso.
El pequeño acompañaba a su padre Don Mariano, nombrado Capitán Juez Pedáneo en aquel sitio sureño de la geografía matancera y que decide auxiliarse de su hijo, quien ya a esa temprana edad tenía una excelente caligrafía y la virtud de leer con facilidad.
Aunque era bastante sobrio en ternuras, el pa­dre debió conversar para entretener el tiempo y la incertidumbre del menor. Es justo imaginarse cuánto se preguntaría el chiquillo so­bre la clase de vida que le esperaba en el recóndito lu­gar al sur de la provincia de Ma­tan­zas, en te­rri­torio del actual municipio de Calimete.
Más allá de cualquier fabulación y del he­cho cierto de que el Apóstol no dejara testimonio palmario de la influencia que sobre él ejerciera su estancia en tierra matancera, la lógica indica que el tiempo vivido en Caimito del Hanábana tuvo una recompensa para el futuro del hombre genial que fue Martí.
En sus investigaciones sobre el tema, el ya de­saparecido historiador matancero Raúl Ruiz observaría que hay sobre todo dos in­fluencias de­cisivas: el conocimiento de la na­tu­raleza cu­bana y la aproximación al problema del ne­gro en la Cuba de entonces, dos asuntos sustanciales de su ideario.
Al niño le bastaba de seguro con la dicha de poder pasear a caballo, transitar por guardarrayas, caminos vírgenes, detenerse en el en­canto de los ríos, de los animales y de las más di­sí­miles plantas y frutas silvestres. “Es la na­tu­raleza de su país, la naturaleza de Cuba, cu­yo conocimiento ha de marcarlo para siempre”, llegó a manifestar Ruiz.
El infante escucharía muchas historias sin pestañear, pero en el latido de sus sienes fue seguro visible la cólera al ver el infierno que padecían los esclavos y los castigos corporales  a que eran sometidos. Es justificado pensar que en alguna ocasión viera “a un esclavo muerto, colgado a un ceibo del monte”.
No pocas veces debió evocar su vida en este lugar. Tuvo motivos de sobra para creer que el destino lo premió con traerlo a edad tan temprana a un sitio donde aprendió lecciones necesarias para propósitos ulteriores.
La historiografía cubana no descarta la posibilidad de que se cruzara varias misivas con su madre y algún otro familiar durante su estancia en Caimito del Hanábana, pero solo se conserva aquella escrita el 23 de octubre de 1862, en la que inicia diciendo: “Estimada mamá: Deseo antes de todo que Ud. esté buena, lo mismo que las niñas...”.
La carta constituye el primer documento escrito por el Maestro de que se tenga noticia, y en ella hace notar, comentó Ruiz, una ética en formación y las vivencias de aquellos nueve meses casi olvidados.
El nombre de Caimito del Hanábana es de muy poca referencia a pesar de lo que significó para José Martí. Según el investigador calimetense Julio Gómez Montes, a principios de la segunda mitad del siglo XIX había un gran movimiento en la zona. Asegura que se trataba de un caserío donde abundaban las bancas de juego y era común ver a carreteros, militares, dueños de ingenios y propietarios de es­cla­vos.
Algunos años después se inició la decadencia de la pequeña comunidad hasta su desaparición total, debido, según los historiadores, a la ausencia de ferrocarril, la incomunicación en general y a la mala calidad de las tierras (ce­na­gosas y baldías).
Caimito del Hanábana adquirió una di­mensión justiciera al erigirse allí un memorial en tributo a nuestro Héroe Nacional. El proyecto recreado por el arquitecto Domingo Alás es un sueño artístico muy bien logrado, y se afinca en la bondad que aporta la luz cuando el sol incide sobre una especie de calendario con fechas muy marcadas en la vida de Mar­tí.
En el lugar reina la misma calma y atractivos naturales que consiguieron impactar a aquel niño que hace 153 años miraba distraído por una de las ventanillas de un flamante tren sin llamar la atención de nadie, y quizá con una pregunta rondándole en la cabeza: ¿Qué será Caimito del Hanábana? (Ventura de Jesús-Granma)

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