lunes, 1 de junio de 2015

Estoy de acuerdo con el presidente Peña Nieto: será difícil vencer el escepticismo de que podemos no ser corruptos. Pero será todavía más complicado limitar el alcance de su otra declaración: la corrupción en México es un elemento cultural.
¿Cuándo entenderemos los mexicanos la magnitud que significa que lo que roban quienes deberían administrar nuestro bienestar, equivale dos veces al presupuesto nacional?
La corrupción no es un problema de leyes sino de educación, de conciencia y de ejemplo.
Está muy bien que se lleven a cabo todos los intentos bien intencionados para terminar con este problema, pero sería mejor si empezáramos –sin caer en el terror jacobino de que la guillotina nos corte el cuello a todos–, por ejemplarizar y dejar de tener acciones corruptas.
Los mexicanos sabemos que no es posible fiarlo todo a las leyes o a la buena intención. Es sabido que sin temor no es posible gobernar, pero sin esperanza tampoco.
El tema de la corrupción no lo inventó este gobierno ni siquiera esta generación. Todos formamos parte de la gigantesca madeja de la contemplación de la corrupción.
Por ello, la cuestión es: ¿por dónde empezamos? ¿A qué edad debemos explicarles a nuestros hijos que no da igual llevarse una pluma de la escuela que no hacerlo? ¿Cómo les dejamos claro que es igual de malo y grave si se roba poco o mucho?
Se debe penalizar culturalmente esa tremenda excusa de que como la corrupción siempre ha existido está bien. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras: la corrupción fue otra herencia de la conquista española. Hasta donde se sabe ni los aztecas o tlaxcaltecas eran corruptos, por su parte los conquistadores lo eran tanto que cuando el virrey se iba tenía que pasar varios meses metido en un barco hasta que concluyera la auditoría para poderlo dejar marchar en libertad.
Los mexicanos no sólo necesitan puestas en escena y buenas intenciones, sino empezar a creerse que algo de verdad va a cambiar y que tal vez esta es la última oportunidad.
No dudo de la buena intención de todos los que estuvieron la semana pasada en Palacio Nacional con el Presidente a la cabeza, pero sí dudo que sea suficiente con una declaración, con editoriales o con artículos.
Necesitamos establecer claramente qué es lo que el país no puede seguir tolerando y cuáles serán los castigos. Eso sí sería un cambio que enseñaría a nuestros hijos que la mejor manera de luchar contra la corrupción es crear las condiciones de compresión social para entender que no está bien ni podemos aceptar que todos somos corruptos. Hay que dejar de serlo.( Por Antonio Navalón-Reporte índigo)



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