lunes, 27 de julio de 2015


Como en esta época la mentira y el engaño han hecho un imperio social de valores, cada que aparece por allí algún programa de apoyo, lo primero que viene a la mente es la duda, máxime cuando tenemos el antecedente de que por creer nos han “”llevado al baile”.
Así que cuando leía o escuchaba que cierta institución tenía instrumentado un rubro para estimular el crecimiento de un taller o micro empresa, para llevar a otro nivel, como tirabuzón saltaba la demagogia de los políticos, que para eso se pintan y recolorean solos.
Al margen de eso, de unos años a la fecha, con miras a satisfacer una necesidad, poco a poco fui comprando unas herramientas elementales, a fin de que la solución saliera de mis manos.
Primero fue un serrucho y un martillo. Luego, conforme los ingresos lo permitían, esos instrumentos dieron lugar a una canteadora, una sierra de banco y un cepillo, con los cuales fabricaba a mi gusto los libreros que requería.
Paralelamente, de los estantes para libros, di paso a la elaboración de los muebles propios de una biblioteca: escritorio, mesa para computadora y sillas.
Cuando veían eso, algunas amistades me preguntaban por qué no montaba un taller formal de carpintería. Quienes de manera cotidiana y ocasional visitaban mi domicilio encaminaban sugerencias con ese mismo objetivo.
Aquellas observaciones las sentía razonables, pero el factor dinero me detenía, hasta que Ramón Aguilar Fernández, quien encabeza una organización de y para emprendedores, me convenció de tramitar una solicitud de apoyo.

Confieso que al inicio tuve reticencia. Sin embargo estaba dispuesto a “meter los dedos en la llaga”.
Tras asistir a una reunión informativa, al través de Emprendedores Sin Fronteras, dirigida en Chetumal por Ramón Aguilar Fernández, entregué la documentación requerida por el Servicio Estatal de Empleo, solicitando un apoyo para la “Carpintería Lázaro”.
Cercano a esas fechas estaban los comicios, por lo que el resultado del análisis de la solicitud fue trasferido hasta pasadas las elecciones.
El día menos pensado, personal de esa instancia me entregó una sierra de mano, rotomartillo y un torno copiador — todo por un costo de 20 mil pesos—con las aclaraciones pertinentes.

Ahora, retomando el contenido de los dos primeros párrafos de esta columna y, obvio, sin que un servidor sea, ni por asomo, Santo Tomás, podemos concluir que entre la gama de personajes y organismos que prometen y no cumplen, hay quienes trabajan con la verdad por delante, como “Emprendedores sin Fronteras, A.C. (Mario Hernández; 27 de julio de 2015)




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