viernes, 3 de julio de 2015


Es de noche. No hay partido y un silencio desesperante flota en la atmósfera. Las tribunas del Estadio Nacional, en Santiago de Chile, están vacías. Como no hay juego, la gente ni se acerca. “Ahí hay almas que no descansaron en paz”. “Ahí se escuchan lamentos”. “Ahí asustan”, comentan los taxistas, los vendedores, los chilenos del común. Pero el Nacional, donde este sábado se jugará la final de la Copa América entre Chile y Argentina, alberga una historia real de horror, de tristeza. Esas tribunas tienen memoria.

El Nacional es uno de los escenarios más emblemáticos de la dictadura militar de Augusto Pinochet, cuyo golpe de Estado se dio el 11 de septiembre de 1973, cuando derrocó al socialista Salvador Allende.

Allí fueron llevados, según cifras oficiales, más de 20.000 detenidos, chilenos y extranjeros, que vivieron días de terror en los pasillos, las tribunas, y en los alrededores. Soportaron –según documentación histórica– torturas, violaciones, maltrato y abuso de los militares. Esperaron la muerte. Los sobrevivientes hoy se encargan de mantener vigente la historia.

CONTRA LOS FANTASMAS

Los jugadores de la selección chilena movieron la pelota en la mitad de la cancha. Algunos con vergüenza y otros, indiferentes. Hicieron pases simples y avanzaron sin resistencia. Las tribunas estaban semivacías, unas 7.000 personas, pese a que se jugaba el repechaje para el Mundial de Alemania 1974. Francisco Valdez (exjugador chileno) anotó el gol de la clasificación, pero no fue feliz, al contrario, fue conocido como el gol más triste. Adelante no había arquero, no había defensa, no había rival. Por eso se le llamó el ‘partido contra los fantasmas’. Rusia se negó a jugar por ser un albergue de presos, de tortura y de muerte.

Era un periodo convulsivo en Chile. Pleno 1973, plena dictadura. Las URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) había roto relaciones con Chile. En la cancha, ese 21 de noviembre del 73, estaba Leonardo ‘Pollo’ Veliz. No era cualquier futbolista; tenía conocimiento, a diferencia de varios de sus compañeros, de lo que sucedía. Era opositor de la dictadura. Vivió con nostalgia la clasificación al Mundial porque miles de sus compatriotas perdían la vida o sufrían torturas en ese escenario. Fue una victoria triste, 1-0.

El ‘Pollo’ Veliz habla a las afueras de un café, en el Centro Cultural de Santiago. Allí, justo debajo del Palacio de la Moneda –el que fuera bombardeado cuando se dio el golpe–, Veliz rememoró su historia, la que ha contado tantas veces y que mantiene en su memoria.

“Viajamos una semana después del golpe militar (11 de septiembre de 1973) a Rusia, a jugar el repechaje. Ellos eran una potencia y nosotros no éramos nada. Empatamos 0-0. Regresamos a Chile con la idea de que no eran tan extraordinarios como creíamos. Pero Rusia desistió de venir. La Fifa ordenó que había que desalojar el estadio, sacar a todos los presos, porque se debía jugar, pero ni así se hizo”, relata Veliz, de 69 años, con bigote escaso, pelo canoso y mirada triste.

Lo acompaña un amigo. Usa gabardina y un gorro para el frío. Veliz cuenta que su acompañante vivió y sufrió la dictadura, que estuvo preso, que incluso vio el ‘partido contra los fantasmas’ allí, detenido. Pero él no quiere hablar. “Lo que se vivió allá no lo quiero recordar”, dice, se excusa y agacha la mirada.

Veliz retoma la palabra. “Ese partido fue un chiste. La Fifa dijo que teníamos que entrar a la cancha así no hubiera rival, y teníamos que partir desde la mitad y dirigirnos al otro arco, en el que no había nadie. Tocaba hacer el gol para ratificar la clasificación. Además, tocaba jugar un partido para los que pagaron. Entonces vino el Santos, de Brasil, el de Pelé, aunque sin Pelé. Nos ganó 5-0. Estábamos con la cabeza en otro lado, impactados. Los que entendíamos, no todos. Clasificamos y el país siguió bajo la dictadura. Al año siguiente fuimos al Mundial a defender a la selección del dictador”, dice, aprieta los labios y mira al piso con resignación.

Veliz nunca estuvo preso. Su condición de futbolista le salvó la vida. Así lo cree. “La dictadura es muy Astuta, sabe que el fútbol no se podía tocar. El ejemplo somos Carlos Caszely (otro exjugador) y yo, que siempre nos manifestamos en contra. No nos podían hacer nada; si me hacían algo o detenían, los hinchas se hubieran preguntado ‘¿dónde está el ‘Pollo?’’. Nos seguían, pero no nos tocaron, pero sí a muchos conocidos. Hoy me pregunto por qué defendí esa camiseta. Pero el futbol era mi sustento. Además, éramos un bálsamo para los que sufrían; les dábamos una alegría”.

ESCOTILLA 8

José habla recio, algo tosco. Cuesta trabajo comprenderle. Pide un cigarrillo con desespero. Parece ansioso. Camina lento, casi arrastrando los pies. Carga muchas llaves, quizá todas las llaves de las tantas entradas al Nacional. Conoce bien el lugar, no solo porque es el guía desde hace varios años, sino porque vivió esa época de terror. José estuvo preso 50 días.

Parece desconfiado, algo receloso. Pero se va soltando. “Me arrestaron estando en la fábrica donde trabajaba. Nunca hice nada, ni pertenecía a ningún partido político”, cuenta, y avanza. Llega hasta la Escotilla 8, una entrada al estadio protegida por una enorme reja gris, vieja, algo oxidada, con un candado y una cadena. Es un memorial en homenaje a las víctimas que allí estuvieron. Se puede ver hacia adentro, también hacia afuera. José cuenta que, desde allí, los presos que dormían en esos pisos sacaban sus manos y hacían señas, ya que se podía ver, a lo lejos, la avenida Grecia, donde los familiares los buscaban.

Suenan las cadenas del candado. José abre la puerta de la escotilla. Rechina. Parece que nunca tuviera visitantes. En realidad, cada ocho días, todos los sábados, el lugar es recorrido por personas que quieren conocer la historia que allí se vivió. Es un recinto para la memoria, no para el fútbol. Cuando hay partido, el lugar está cerrado.

Es la parte baja de las tribunas; muy oscura, algo tenebrosa. José enciende una fuente de energía y de paso un cigarrillo que consigue y que fuma con ansiedad. Hay paredes gigantes, blancas, frías. Hay muchas fotografías en ambos costados: a la derecha, imágenes de la historia del golpe militar; a la izquierda, fotos de la represión en el estadio: soldados armados amenazando a civiles. “Estas fueron tomadas por un fotógrafo gringo que cayó preso y nunca le quitaron su cámara, luego pudo salir”, cuenta José. Más adelante hay decenas de rostros de presos, algunos desaparecidos y otros que lograron sobrevivir, como el propio José, que señala su foto. Repite en voz casi imperceptible que nunca debió estar ahí, que nunca hizo nada.

En esos pasillos se siente un aire helado. Es un lugar triste. En las paredes se ven marcas hechas por los presos; son fechas, son rayas que ilustraban el pasar de los días. José cuenta que ese es un espacio en homenaje a las víctimas, que muchos pudieron sobrevivir, como él, pero que otros no. Muy cerca quedaba el espacio de torturas, en el velódromo, y en otro espacio recluían a las mujeres. “Cada día teníamos la incertidumbre de qué pasaría al siguiente. Cada que entraban los ‘milicos’ (militares), no sabíamos qué iba a pasar”, relata con estoicismo, como si se hubiera acostumbrado a la historia.

Al fondo del túnel, los rayos del sol luchan por penetrar. Es la entrada a la tribuna norte. No hay sillas cómodas ni modernas como en el resto del estadio. Son tablones de madera, conservados intactos desde la época de la dictadura. Huele húmedo. Son 31 tablones. En la parte superior hay una frase contundente: ‘Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro’. Es un monumento que permanece intacto dentro del estadio, a la vista de todos los asistentes. Tiene luces a su alrededor. Todos los días se prenden a las 6 p. m. y se apagan a las 12. Si hay un evento, un partido o un concierto, siempre estará la tribuna iluminada”, relata José. Se despide. Concluye que no sabe por qué fue preso. “A todos nos gustaría saber. Nadie sabía por qué llegaba aquí”.

POR LA MEMORIA

Si hay alguien que ha recorrido esas tribunas, ese estadio y sus alrededores cientos de veces es Wally Kunstmann. Es una mujer de izquierda que fue presa política y que lidera la Corporación Estadio Nacional Memoria Nacional. Wally no habla de leyendas, todo lo que conoce es real. Desde una oficina en los alrededores del estadio coordina los memoriales, las visitas guiadas, las entrevistas.

“A la dictadura se le ocurrió que era mejor tener a todos los prisioneros juntos y decidió traerlos aquí. El Nacional es el lugar más emblemático que guarda la historia del golpe. La Cruz Roja habla de 20.000 presos políticos, pero los detenidos calculan que fueron más de 40.000 personas. Muchos extranjeros, ah, y muchos colombianos”, dice.

Cuando Pinochet fue apresado en Inglaterra, en 1998, muchos chilenos, como Wally, salieron a las calles espontáneamente a celebrar. A partir de ese momento crearon la organización que busca preservar los lugares que fueron utilizados por la dictadura contra los civiles. Wally es la cabeza visible. Un hombre la interrumpe. Su rostro está consternado. Se sienta a esperar. No habla. Ella cuenta después que es un “compañero” que fue preso y por primera vez regresa el estadio. “Está golpeado”.

Wally también ha tenido esos sentimientos. Antes de la inauguración de la Copa América fue invitada para presenciar cómo la tribuna 8, el memorial, iba a ser iluminada. Las emociones la invadieron. “Empecé a ver el silencio de las graderías, y eran un testimonio, una acusación, una alerta; juro que lo que vi fue a todos mis compañeros presos y que ya murieron, los vi ahí, y me enfermé de dolor”, relata, y su voz se quiebra y las lágrimas le recorren su rostro.

Pero Wally es muy vital. Ha liderado toda la preservación del Estadio Nacional; logró que esos memoriales existieran. Hoy su misión es difundir la historia y enviar un mensaje. “Nos tocó vivir una época difícil. La gente tiene que saber lo que pasó para que nunca más vuelva a suceder esto”.

La misión de personas como Wally, el guía José o el ‘Pollo’ Veliz es preservar la historia de lo que pasó en Chile; que las nuevas generaciones la conozcan y que el Estadio Nacional nunca más deje de ser para el deporte y para la memoria.(Pablo Romero-El tiempo)

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