viernes, 10 de julio de 2015


El muro fronterizo que Estados Unidos construyó en su límite con México ha sido referencia de odio, división y rechazo, pero también se ha convertido en un tapiz de expresión.

Como en un lienzo, en sus barrotes y paredes se leen cientos de mensajes plasmados por personas que ven en él una herida abierta o un recordatorio de que ni un muro puede dividir a dos países vecinos.

En su tramo original, en la frontera de San Diego con Tijuana, el muro fronterizo es un lienzo simbólico, donde personas con familias divididas, migrantes deportados o artistas, han hecho de la división una paleta de reflexión y color.

Frases, dibujos, palabras y cruces de madera, convierten el lugar en uno de desahogo y catarsis.

Acercarse al muro es una experiencia abrumadora. A lo lejos, desde la parte alta de un montículo de tierra en la esquina noroeste de México, se ven los edificios altos de la ciudad de San Diego. Tan cerca y tan lejos a la vez.

El muro se extiende a lo largo de cientos de kilómetros en la frontera entre ambos países.

Se constituye de 595 kilómetros de una pared de más de tres metros de altura y más de 800 kilómetros de barreras que impiden el paso de automóviles.

A pesar de los esfuerzos de los norteamericanos por sellar la frontera con su vecino del sur, la frontera sigue siendo permeable.

Las zonas más agrestes, como el desierto de Arizona, todavía son utilizadas para el cruce de migrantes, contrabando y drogas.

El muro fronterizo ha sido referencia de los abusos cometidos contra los migrantes y hasta de las expresiones de rechazo de personajes como Donald Trump y sus más recientes ataques contra los mexicanos.

La división de una tierra

En un barrote oxidado y oscuro del muro fronterizo, la sentencia es clara y sin mayores rodeos:

“Aquí es donde rebotan los sueños”.

Es la esquina noroeste de México, donde empieza –literalmente- la patria.

Ahí comienza también el muro fronterizo que Estados Unidos comenzó a construir en la década de los 90.

Sus barrotes comienzan a varios metros de la playa que baña el Océano Pacífico; se hunden en el agua para impedir que los migrantes crucen nadando hacia San Diego, California, la ciudad vecina de Tijuana, Baja California.

Uno a uno, la formación de postes da la idea de una barrera infranqueable.

Arriba de los barrotes, láminas colocadas de forma vertical vuelven el paso prácticamente imposible. Más de tres metros y medio de altura que lucen desoladores.

Del lado mexicano, en la esquina donde inicia el país, un faro vigila el paso de las embarcaciones y avisa a los navegantes que comienza el límite entre México y Estados Unidos.

Paradójicamente, en la esquina de ambos países, las autoridades decidieron en la década de los 70 establecer ahí el Parque de la Amistad, en símbolo de la “unión” de las dos sociedades.

Una placa da cuenta de la intención de establecer en ese lugar un “parque natural colateral” en la frontera.

Del parque no queda nada más que el nombre.

La zona ahora es atravesada por dos muros que hablan de todo, menos de amistad.

Hasta hace una década, el único muro que existía en la zona eran los barrotes altos y oxidados.

En esos años era común ver a familias divididas compartiendo los alimentos a través de las rejas en ese parque.

Se trataba de reuniones de familias divididas; unos, no podían pasar a Estados Unidos, y otros no podían volver a México y dejar atrás su sueño americano.

A finales del siglo pasado se concretó la construcción de un segundo muro, que se reforzó años después, durante el gobierno de George W. Bush.

Ese muro consta, en las zonas urbanas más importantes de ambos lados de la frontera, con iluminación de alta intensidad, detectores de movimiento y equipo de visión nocturna.

Está inclinado hacia el lado mexicano para que escalarlo sea tarea de superhombres.

Todo bajo el control de la Patrulla Fronteriza –Border Patrol-, los agentes realizan actividades de vigilancia en camionetas todoterreno y a través de aeronaves no tripuladas.

De este lado, el muro fronterizo en la zona de Tijuana se establece entre las colonias más pobres, llenas de migrantes internos que no pudieron pasar a Estados Unidos o decidieron quedarse en la ciudad fronteriza.

Entre las montañas va pasando la pared, implacable. En las faldas de las montañas de Tijuana, los habitantes de casas de madera y desperdicios “del otro lado” ven cómo el inalcanzable muro se cierne sobre ellos y sus destinos.

Del otro lado, en cambio, junto al muro no hay nada más que terrenos vacíos, caminos de terracería transitados solo por los guardias fronterizos.

El muro como un lienzo

Una o dos veces al mes, Héctor Barajas acude al muro fronterizo a retocar la pintura de una bandera de Estados Unidos que, en lugar de estrellas, tiene cruces.

Héctor es parte de un grupo de exveteranos de guerra del Ejército de Estados Unidos que combatieron en diferentes guerras bajo la bandera de ese país y que, después de haber cometido una falta legal, fueron deportados de regreso a México sin los beneficios a que tenían derecho como militares.

Originario de Fresnillo, Zacatecas, Héctor emigró muy joven hacia Estados Unidos de forma legal; a los 17 años entró a servir al Ejército como paracaidista. Ya en su vida civil, disparó un arma de fuego contra un vehículo, acción que le costó 13 años de su libertad preso en una cárcel.

Al volver a ser libre, a Héctor no se le permitió pasar más tiempo en territorio estadounidense y fue deportado a México.



Pasó una vez más a Estados Unidos y fue deportado por segunda ocasión. Fue entonces que decidió cambiar su destino y comenzar con la organización civil “Veteranos sin Fronteras”, en la que reúne a decenas de exmilitares que fueron deportados por haber cometido un delito.

“La razón por la que cometen esos crímenes muchas veces es por la guerra, porque regresan dañados y empiezan en el alcoholismo, con una adicción, y entonces lo que nos preguntamos es por qué nos están deportando cuando debemos recibir tratamiento”, comentó Héctor en entrevista.

Junto a él, tres veteranos de guerra retocan la bandera con las cruces, un símbolo de SOS, un reloj que marca las 7:00 horas y los nombres de todos los compañeros que han sido expulsados de Estados Unidos a pesar de haber arriesgado su vida por ese país.

No son los únicos. Decenas de mensajes hablan del sentimiento de una sociedad dolida por la existencia del muro.

“Bienvenidos a la gran prisión del norte”, “Esto es una gran herida para la humanidad”, “Estamos partidos en dos”, se lee entre el oxidado metal del muro.

La imagen de una familia volando a través del muro jalados por globos de helio habla del sueño de muchos de cruzar el muro y reunirse con sus seres queridos.

Algún optimista pintó sobre los barrotes una puerta que nunca se abrirá. Alrededor de ella formó un “Círculo de los Deseos” donde se hallan decenas de piedras con mensajes de paz y hermandad que esperan hacerse realidad.

En medio de la tragedia que representa para muchos, alguien quiso poner una gota de humor entre tanto dolor.

“Comer y no engordar”, escribió en una piedra que dejó en el Círculo de los Deseos.

‘De este lado también hay sueños’

En el nombre lleva la ironía. Se trata de la colonia Libertad, una comunidad que se ubica entre barrancas y se acomoda a un lado del muro fronterizo.

En esa zona, algunos poetas urbanos no han desperdiciado la ocasión de plasmar sus palabras con pintura en las láminas oxidadas de la pared que se cierne frente a una población en condiciones de pobreza.

“De este lado también hay sueños”, se lee del lado mexicano, mientras la vista lanzada al horizonte solo da cuenta de las bardas que se extienden entre las montañas.

En las partes altas de la colonia, cada 4 de julio se reúnen los vecinos para observar sobre el muro los juegos pirotécnicos que son lanzados en San Diego, en conmemoración de la Independencia de Estados Unidos.

La verbena popular alcanza para que muchos lleven hasta sus azoteas sillas para la playa y una cerveza para observar el espectáculo del sueño americano, aunque sea de lejos.

A unos metros, frente al aeropuerto de Tijuana, paso obligado de los visitantes a esta ciudad, decenas de cruces dan la bienvenida a quienes llegan a la frontera.

Cada cruz blanca, con un nombre inscrito en ella, da cuenta de los migrantes que han fallecido o desaparecido en su intento por cruzar a Estados Unidos.

Las cruces recuerdan cada día que el muro fronterizo es más que una pared. Es el lugar donde se han estrellado las ilusiones de quienes quieren pasar “al otro lado” y esperan tener una vida mejor para sí y los suyos.

Es también la línea que indica a los mexicanos que allá, en las tierras del norte, no todos son bien recibidos.

Es el muro en el que muchos han llorado. En el que muchos han lamentado que el paso del norte sea una herida abierta para México y América Latina.(Imelda García-Reporte índigo)

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