miércoles, 1 de julio de 2015


Apreciada Cara, a ti acudo para que des a conocer mi historia. Un relato con el que aseguro muchas se identificarán.

Hasta hace dos décadas mi vida parecía sacada de un cuento de hadas. Conocí a mi príncipe azul en la ciudad de Nueva York, mientras estudiaba Salud Pública Global en NYU y él -boricua como yo-, culminaba sus estudios en la Escuela Graduada de Servicio Público. Un año después nos matrimoniamos en una gran ceremonia que aún cinco años después estábamos pagando el préstamo.

Mi sueño de toda la vida se hizo realidad. Una gran carrera, un esposo guapo e inteligente, una casa lujosa y todas esas cosas materiales que te hacen sentir feliz al momento pero luego te aburren. A los años llegaron los gemelos, dos varones que son la luz de mis ojos, y a quienes me dediqué en cuerpo y alma para hacerlos dos seres de bien, sensibles y respetuosos.

Como toda pareja, mi “príncipe” y yo vivíamos nuestras altas y bajas, pero siempre juntos, tal y como lo escribimos en nuestros votos matrimoniales, que abriendo un corchete te cuento que fueron de lo más graciosos pues nos salimos de los consabidos clichés de “amarnos por siempre, en las buenas y en las malas”, para decirnos cosas como “prometo que no me importará si engordas o adelgazas o si envejeces” -lo dijo él-, y yo “prometo anteponer tu felicidad a la mía”. Él no cumplió, yo sí.

Nuestra unión sufrió unos cuantos problemas, pero nada que días de conversación y buen sexo resolvieran. Los chicos comenzaron a crecer se fueron a la universidad y en la casa lujosa nos quedamos los dos, a nuestros cuarenta y tanto años, viviendo como extraños, apenas conversábamos, y ni siquiera un cruce de miradas lujuriosas. Con los años, el trabajo y el trajín de los gemelos, poco a poco abandoné mis ejercicios y ¡zas!, de la noche a la mañana gané peso y la edad y las dichosas hormonas -como suele suceder- me crearon una vida miserable. Más grasa abdominal, irritabilidad constante, resequedad en cuanta parte de mi cuerpo y mil cosas más que acaban con la salud mental y emocional de una mujer en sus cuarenta y largos.

Pues como te conté, con los gemelos por la universidad -estudiaron en Londres y por allá se quedaron-, las tardanzas del “príncipe” se hicieron más frecuentes y un día -cómo olvidarlo-, me llamó una dama a la oficina para contarme que sostenía un romance con mi esposo, y que él no se atrevía a terminar la relación conmigo. Me cité con ella y con un café de por medio me dijo que llevaban más de tres años de relación.

Cuento largo, corto… nos divorciamos, se casó con ella y ahora anda criando a una criatura de lo más linda -es niña- y pregonando a los cuatro vientos lo feliz que es.

Mujer sagaz, porque de tonta ni un pelo, le hice mucho caso a las palabras de Ivana Trump… “Don’t get mad get everything”. Y así fue, ¡me quedé con todo! El divorcio fue por acuerdo mutuo tras amenazarlo con llevarlo por infidelidad, las pruebas me sobraban -hasta un detective contraté-.

En fin, todo este drama para decirte que llevo cinco años, siete meses y 22 días divorciada y aunque me he movido entre varios continentes y he tomado cuanta clase te podrás imaginar, de idiomas, yoga, gastronomía, hasta de tenis… el detalle es que me he vuelto una mujer invisible que nadie mira. Eso a pesar de que me he sometido a un tratamiento maravilloso con el que pude sacarme las más de 40 libras que aumenté y que tengo bastante controladas las dichosas hormonas. Me veo fabulosa, pero para los efectos no existo.

Solo mis gemelos -el Universo me los bendiga- cuando vienen a la Isla se desviven en atenciones y elogios para mí. Y el sinvergüenza de Beto -a quien quiero como a un hijo-, que lo escuché en una ocasión decirles a mis chicos que yo era una MILF. ¿Puedes creerlo? ¡Ay, virgen santa!

Hace unos días tras una jornada de trabajo intensa quise despejarme, bajar revoluciones y quedé sorprendida que ni sitios para eso hay disponibles para mujeres como yo. Detesto las barras llenas de muchachitas enseñando los senos y los muslos, y de jóvenes adultos -tengo una amiga que odia el término-, que ni siquiera pueden sostener una agradable conversación contigo. No te miran a los ojos, solo ven su celular. En cuanto a caballeros de mi edad, es peor, porque te invitan a salir para luego ignorarte y seguir con la mirada los contoneos de una mujer más joven.

Como te dije, soy invisible para la retina masculina. Pero prefiero eso a correr desesperada a la oficina de un médico para aumentar mi bien proporcionada copa 36B y para nada permitiré inyecciones que luego me hagan lucir como el Guasón de Batman. Un desahogo Carita y una idea para algún “entrepreneur”, que quiera hacer dinero rápido diseñando un espacio para cincuentonas con deseos de divertirse. ¿Sugerencias? Lianne.(El nuevo día)

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