lunes, 6 de julio de 2015


Me enteré de que se publicó en español Who I am, la autobiografía del guitarrista Pete Townshend, arquitecto supremo de las canciones de la banda inglesa The Who, uno de los pilares del rock inglés de los sesenta y los setenta.

Más allá del guiño del título, el libro parece ser una búsqueda interna y descarnada que explora en la propia vida de Townshend y en las raíces de los Who, y traza un recorrido que no pudo zafar nunca de todos los abusos que se decantan como lógicos y esperables en una estrella: descontrol, sexo, drogas, hoteles devastados y mucha pérdida de memoria.
Pero en el caso de Townshend, así como el de otros ilustres de la escena rockera que se han animado a publicar sus autobiografías, es la ruptura con la amnesia lo que produce que su libro funcione, según los críticos que lo han leído. El libro en español está editado por Malpaso y tiene unas 500 páginas. Es la memoria del guitarrista la que prevalece a pesar de las sucesivas muertes de neuronas a las que Townshend se sometió a lo largo de su carrera sobre y fuera del escenario.

Su honestidad y su descripción milimétrica de algunos episodios son desgarradoras. Townshend cuenta desde las fallas de su aparato gástrico hasta sus ansias sexuales con periodistas y colegas, sus noches eternas con groupies y sus búsquedas espirituales para limpiarse de la fama del rock, tan adictiva como mortífera.

A pesar de las décadas, de todo el alcohol, las sustancias, las mujeres, los hombres, es la misma memoria la que sigue persistiendo, como en el cuadro de Salvador Dalí. El reloj blando de Townshend, como el de otros nombres grandes del rock británico, marca hoy la vejez pero las páginas de estos libros son los que salvan sus anécdotas del olvido y las convierten en mito, quizás para siempre. Ese Olimpo musical estuvo centrado en Londres, hace 50 años, y las cohortes de ídolos, dioses y semidioses quedaron estampadas en los discos, en las canciones, en los estadios donde cantaron y tocaron, en los teatros donde hicieron que la gente saltara de sus butacas.

Esto me recuerda lo que sucedió con la autobiografía del Rolling Stone, Keith Richards, publicada originalmente en inglés en 2009 bajo el somero título de Life. La vida de Richards es un gran milagro, como es un gran milagro que aún esté vivo. Entre otras proezas, el gemelo brillante de Jagger dijo haberse esnifado las cenizas de su padre.

Otra sonada memoria de estrella rockera fue Rod, the autobiography, el libro publicado en 2012 en el que Rod Stewart repasa con voz madura y pausada los singulares y quijotescos actos que componen su vida. El libro comienza con la mayor cercanía que el escocés nacido en Londres tuvo con la muerte, una noche en que su avión privado casi cae al océano porque un pájaro se metió en una turbina. El susto a desaparecer, el casi contacto con el más allá, le hizo a Stewart recapacitar sobre el sentido de su existencia.

Saludada con bombos, platillos y aplausos por tipos como Stephen King, la autobiografía de Eric Clapton es otro de los hitos de una generación de septuagenarios que miran atrás sin ira y lo cuentan sin pelos en la lengua. La historia de Clapton, considerado entonces como Dios en los muros del subterráneo de Londres, tiene la misma dureza que la de Townshend o incluso la de John Lennon. Hijo ilegítimo, el célebre guitarrista no conoció a su padre hasta los 10 años y creía que su madre era su hermana. Confesó haber cometido todos los errores que se podían cometer, y el rock fueron sus alas para volar al cielo y también las cadenas los condenaron a varios infiernos.

Estos son solo algunos ejemplos de soldados de una generación que quiso cambiar el mundo, y en muchas medidas lo hizo, al precio de la fama pero de vidas en desconcierto. Estos libros citados largan llamas de sus hojas. La energía sigue latiendo con emoción en las palabras de estas viejas dinamitas cuya mecha se mantiene intacta.(Valentín Trujillo-El observador
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