jueves, 11 de febrero de 2016


Hay varias diferencias entre la situación paraguaya actual y la que prevalecía en el país hace 27 años, cuando fue destituido por orden exógena el General Alfredo Stroessner, en una operación que se pretendió pasar por un Golpe de Estado, pero que resultó un simple gatopardismo que se desliza cada día más hacia un régimen privatista y represor, violador de derechos laborales y con cuatro familias monopolizando los medios de comunicación.

En la noche del 2 de febrero de 1989 y en la madrugada del 3, se produjo una serie de movidas militares, en sus primeras escaramuzas fallidas, con epicentro en la Caballería que, casi por azar, desembocaron en el apresamiento del octogenario Stroessner, al que ya había abandonado Estados Unidos después de 35 años de debida obediencia anticomunista.

En su desplazamiento del poder y su inmediato exilio dorado en Brasil, hasta su muerte hace unos ocho años, conspiró abiertamente la masonería paraguaya en la persona de Conrado Pappalardo, Jefe del Gabinete, una especie de Primer Ministro durante 25 años, con estrechos vínculos con la familia Rockefeller y, por ende con el Departamento de Estado y el Pentágono, quien consiguió mover las piezas según las indicaciones del imperio, facilitado por el miedo que imperaba en la cúpula militar, en el Partido Colorado y entre empresarios privados, aferrados todos a conservar sus privilegios.

En la vereda de enfrente, se movía una oposición activa en el reclamo de poner fin a la dictadura, sin que ello significara alguna propuesta de cambio en profundidad, razón que la incapacitó para vertebrarse en una fuerza unificada en base al compromiso asumido en las movilizaciones por personalidades y sectores sociales interesados en construir un país diferente sobre las ruinas dejadas por el estronismo, omnipresente en los aparatos copulares de los dos viejos partidos, el Colorado y el Liberal.

El peso emocional imperante en ese tiempo en la sociedad, y la debilidad ideológica de la militancia popular, resultante de décadas de oscurantismo cultural, en un país que no había llegado a la fase capitalista de su estructura estatal, sin industrias ni clase obrera significativa, fragmentadas las organizaciones campesinas, víctimas del caciquismo y de la ausencia de debates de reconocimiento de la política como actividad noble, fue aprovechada con inteligencia por el imperio para crear cientos de ONG, cooptando al grueso de los jóvenes más activos, convertidos en directivos o simples funcionarios, descabezando de un plumazo  las esperanzas del surgimiento de una nueva generación de militantes sociales y políticos.

Washington había decidido entonces cambiar las carátulas de varios de los gobiernos de la región, tras cumplir su misión de arrasar con el grueso de la militancia política más avanzada y comprometida de la segunda mitad del siglo pasado, darle vacaciones a la Operación Cóndor, tras su reguero de muertes y de saqueos, y sustituir a los impresentables generales, coroneles, y sus socios civiles, por líderes de la derecha conservadora, prometiendo democracia y el “nunca más” de la perversidad que había envilecido la vida social del subcontinente durante 25 años, desde 1964 hasta 1989.

Comenzaba una transición todavía indefinida hoy, congelada por una derecha que luego de un corto pasaje mostró sus planes de gobernar para la minoría rica, vendiendo en muchos casos empresas públicas, en una línea entreguista que se comenzó a cortar cuando surgieron gobernantes desobedientes a Estados Unidos, con prácticas autónomas en ciertas áreas que, al quedarse en un asistencialismo loable, han estimulado a las fuerzas más retrógradas que resurgen fortalecidas y muy vengativas.

En Paraguay sobresalen tres diferencias claras. 1) La parte más grosera y agresiva de la represión del Estado, ahora se ejercita menos en las ciudades, focalizada en el campo, en una persecución sin cuartel de las organizaciones de labriegos que reclaman reforma agraria y la recuperación de unos ocho millones de hectáreas ocupadas por familias del círculo íntimo de la tiranía, parte de las cuales han vendido a inversores extranjeros.

El diseño estratégico comenzó hace una década y contempló alimentar, con abundante cobertura de prensa, a un incipiente grupo de jóvenes que tímidamente anunciaban combatir al sistema con el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), devenido una entelequia guerrillera que, a poco andar, se convirtió en pretexto de las Fuerzas de Tareas Conjuntas, Ejército-Policía, acusadas de profunda corrupción en sus filas jerárquicas, para aniquilar a los cuadros políticos más jóvenes, a simples campesinos y a periodistas que se han animado a denunciar una parte ínfima del narcotráfico, el rollotráfico y otros delitos que asolan vastos sectores del territorio nacional, en particular en las fronteras con Brasil, Argentina y Bolivia, utilizando las estancias y sus decenas de pistas clandestinas.  

2) La corrupción administrativa se ha incrementado, así como el endeudamiento del país, en particular desde junio del 2012, cuando un Golpe de Estado Parlamentario terminó con cuatro años del Gobierno de Fernando Lugo y su política de sensibilidad social, retornando al Ejecutivo (el Judicial y el Legislativo siempre les pertenecieron), la vieja componenda Liberal-Colorada, privatista, sometida a los consorcios transnacionales, ofreciendo el país “como mujer linda y fácil” (Presidente Horacio Cartes) a los inversionistas privados, algunos de los cuales han levantado una veintena de suntuosos edificios de treinta pisos, y llenado el país de expendidores de combustibles, shoppings, playas con miles de vehículos asiáticos usados y muchos cero kilómetro de más de 200.000 dólares, y una infernal trenza de especulación financiera, que orada incluso al poderoso sistema cooperativo.

Liberado del autoritarismo y miedo que Stroessner había sembrado en el país, el sector más elitista y excluyente ha ido montando sin tapujos en su descomposición moral a la sombra de un Estado servil, que se ufana en introducir maquiladoras extranjeras, mientras mantiene los hospitales vaciados de insumos, en medio de una epidemia de dengue y varios casos de zika, escuelas vueltas taperas, los pueblos indígenas convertidos en parias, y con dos millones de personas en la miseria, más de un millón de niños desnutridos (FAO, UNICEF), en una población residente menor de siete millones, más un tercio que ha emigrado.

3) La descomposición moral de la sociedad, sin límites en los extractos de mayor poder financiero, tiene en el pañuelo empresarial local a uno de sus focos más pervertidos, a la par del poderoso movimiento cooperativo convertido en financieras privatizadas por los núcleos que se rotan cada año en la dirección, aunque, y sin la menor duda, más dañino y abyecto que esas dos expresiones, es el tejido educacional, basado en la memoria, enemigo del razonamiento, acomplejado hasta los huesos frente al discurso venido de las potencias occidentales, en especial de Estados Unidos, ignorando o haciéndose cómplice sus docentes con poder de decisión, de la estrategia de sometimiento colonialista.

Enfrente, surgió a fines del año pasado un estimulante movimiento estudiantil, contra la corrupción imperante en colegios y universidades, que logró desenmascarar a jerarcas eternizados en los cargos de rectores y decanos, pero que fue perdiendo fuerza en la medida que careció de capacidad para proponer una nueva política nacional de desarrollo integral del país y en beneficio de las mayorías, víctimas de una desigualdad social de las más trágicas que registra el mundo.

Ese debilitamiento de la juventud, que comenzó en los liceos y se extendió a las diferentes facultades y, durante un mes, copó el campus universitario, defendiendo la autonomía de la principal casa de estudios frente a los intentos represivos, se explica en parte por el empobrecido movimiento sindical, los reiterados fracasos en los intentos de unificar fuerzas en torno al Congreso del Pueblo, que impulsa la Federación Nacional Campesina, sin dudas la organización mejor pertrechada, más pujante y unida en todo el abanico popular, en el que se observa el desmembramiento de algunos emblemas, ofreciendo un panorama poco inquietante para un gobierno enemigo de la integración regional y muy inclinado a los planes de Estados Unidos en el Pacífico. (José Antonio Vera-ALAI)

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