martes, 5 de julio de 2016


“En el despótico señorío de la pelota, los jugadores son los últimos monos del circo. No tienen derecho a decir ni pío. Pero no siempre ha sido así. Allá por 1982, en plena dictadura militar, los jugadores del Corinthians tomaron el poder. Ellos, los futbolistas lo decidían todo, se reunían y democráticamente, por mayoría, elegían el método de trabajo, los sistemas de juego, los horarios de entrenamiento, el reparto del dinero… Lo votaban absolutamente todo. Se vaticinaron los peores augurios pero sin embargo, durante esos años el Corinthians convocó las mayores multitudes en los estadios de Brasil, además de ganar consecutivamente el Campeonato Paulista durante dos años ofreciendo el más hermoso y vistoso fútbol de todos. La experiencia de la ‘Democracia Corinthiana’ fue breve, pero valió la pena”. Eduardo Galeano.
El fútbol en muchos ámbitos es considerado por algunos, parafraseando a Marx, como “el opio de los pueblos”; otros lo definen históricamente como “el nuevo pan y circo romano” y otros más formados en academias dirán que es “un nuevo sistema de control social” por considerar que aliena a los trabajadores de las tareas que se tienen planteadas en tiempos de ajuste. Yo siento a estas frases como totalmente erróneas, porque por más que juegue el mejor equipo de fútbol de todos los tiempos, el plato de comida no se llena solo. No entender lo que el fútbol despierta, más allá que te guste o no, es no entender la pasión que éste genera. En términos generales es una de las pocas vías de divertimento que le quedan al trabajador después de vivir encerrado en una fábrica o en su puesto de laburo; a veces es la única alegría o tristeza que te puede dar un extraño con solo empujar una pelota al fondo de la red. Vivimos en un sistema donde la cultura es para unos pocos, donde nos venden que el poder desarrollarse como artista es mérito de aquellos excepcionales e hiper destacados, o de los que nacen en cuna de oro. Nos niegan un derecho que los patrones tienen solamente por ser dueños de los medios de producción: ese es el derecho al ocio.
Un partido de fútbol cada una semana (o cada tres días, si tenés la suerte de que tu equipo clasifique en alguna copa) significa compartir con tus amigos, familiares o compañeros de laburo un rato de esparcimiento. El nene o la nena observa atentamente cada una de tus muecas y tus expresiones con el rodar de una pelota en un verde césped, y su sueño más allá de querer comprarte el calefón, la heladera o la casa que te hacen falta, es también darte esa alegría que te está dando tu equipo o así mismo jugar para que no te pongas triste ni enojado por aquellos malos jugadores por los que seguramente Greenpeace haría una campaña para que no les talen las piernas de madera que tienen. Por eso en cada barrio popular hay un potrero donde las pelotas de trapo ruedan a toda hora. Porque para jugarse un picadito no hace falta más que 4 piedras, las remeras de los que van a jugar para que formen dos arcos, un par de medias viejas que hagan de pelota y nada más.
Históricamente el fútbol sirvió incluso para que los trabajadores pudieran organizarsepor fuera de la fábrica; después del partido siempre fue bueno intercambiar sobre aquel supervisor mala leche, el ajuste, por qué echaron sin justa causa a uno de sus compañeros y de cómo hacer frente a estas situaciones.
Y ahí están prestos los grandes pulpos capitalistas que todo lo abarcan para que nada quede librado al azar y de todo surja una ganancia; dependiendo qué y cómo conviene te pueden modificar un partido a gusto o conveniencia: así Boca en la Copa Argentina le robó el partido a Rosario Central en manos de Delfino. Así el Huracán de Ángel Cappa fue perjudicado por el árbitro para darle la copa a Vélez. Pero aunque a ellos les moleste, aunque hoy en día la mayoría de los jugadores se hicieron profesionales y son millonarios el fútbol es parte de la vida del pueblo trabajador.
Pero vayamos a la historia que nos ocupa hoy.

Los orígenes de la democracia corinthiana

Desde fines de los ’60 corría un fantasma en Sudamérica, el fantasma de los levantamientos obreros y grandes gestas heroicas que se esparcieron como reguero de pólvora, porque como todo momento álgido de la lucha de clases se contagia. Ante esto el imperialismo yanky y las burguesías locales decidieron imponer en la región una serie de golpes cívico-militares en casi todos los países de America Latina. Con Kissinger a la cabeza empieza el Plan Cóndor, un plan de exterminio de la vanguardia obrera por parte de los gobiernos de facto. Tomando los métodos utilizados por los militares franceses en Argelia desaparecen, torturan y exterminan a estudiantes, trabajadores, periodistas… desaparecen a gran parte de los que combatían este sistema de hambre.
Brasil en el año 1982 llevaba 18 años de dictadura, allí el golpe había sido anterior: el 15 de abril del ‘64 Humberto de Alencar Castelo Branco toma el poder por la fuerza. En 1981 el club Corinthians había tocado fondo: una serie de malos resultados lo dejaron en pésimas condiciones futbolísticas. Como siempre en la historia de los equipos de fútbol, malos resultados y malas administraciones en beneficio de unos pocos dejan también grandes problemas económicos. En abril de 1982, por una cuestión de estatutos que le impedían ser elegido nuevamente como presidente del club, Vicente Matheus designa como su sucesor a Waldemar Pires. Pocos meses después, cuando Pires obtiene la presidencia por medio de las elecciones, rompe relaciones con Matheus y le da el cargo como director general del fútbol corinthiano a un ex militante y joven sociólogo llamado Adílson Monteiro Alves que nada sabía de fútbol ni de cómo manejarlo. Quizá al no entender el manejo y venir formado por una militancia en la universidad trajo ideas innovadoras y nunca antes llevadas adelante en el deporte (y en casi ningún lado). Se dice que en la primera reunión con los jugadores, apenas asumió el cargo, sus primeras palabras fueron: “El país lucha por la democracia. Si lo logra, el fútbol quedaría al margen porque aún en los países democráticos el fútbol es conservador. Tenemos que cambiar eso”. Los jugadores se miraron extrañados entre sí, salvo uno: ahí estaba un lungo de 1,91 cm, de piernas largas y unas patas de talla 41 (pies chicos) que en el campo de juego resolvía todo con el talón. Él recogió el guante: ese jugador era Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza de Oliveira o simplemente Sócrates, en alusión al filósofo ateniense considerado por los eruditos de la materia como “el padre de la ética”, como sabiendo que un par de miles de años después un padre le pondría igual a su hijo y éste daría clases de ética con el rodar de un balón.(Alan Gerónimo-La izquierda diario)

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