domingo, 30 de octubre de 2016


El manejo irregular de los recursos del albergue estudiantil de Chetumal agarró desprevenida a la ciudadanía, pero resulta incomprensible que a funcionarios y gobernadores de dos sexenios quintanarroenses les haya pasado desapercibido.

A sabiendas de que para que alguna institución gubernamental o algún funcionario den ciertos apoyos, casi exigen al solicitante el acta de defunción, llama la atención que a la ex directora del albergue, Guadalupe Rosado Pat, jamás le hayan supervisado la administración de los recursos que le entregaban.

Esas omisiones  le correspondieron a la Comisión nacional para el Desarrollo de los pueblos Indígenas y la Secretaría de Desarrollo Agropecuario y Rural, quienes colaboran en la manutención del albergue.  


También hay que mencionar que el libertinaje con que aquella señora dilapidada esos dineros y la impunidad con que se conducía, orilla a pensar que a servidores públicos e instituciones estatales y federales les valía un podrido cacahuate el presumible desvío que ocurría en el albergue estudiantil chetumaleño.

El asunto tomó un viraje a raíz de las denuncias de los alumnos que empezaron a realizar en internet. Sin embargo, seguramente Rosado Pat, enterada de sus balconeadas, intentó distraer al público, izando  como bandera el “despido” de trabajadores del albergue, cuando la verdad es que se les había terminado el contrato que tenían.

En los hechos, su pretendido papel de defensora laboral era una tosca prestidigitación del infausto destino de las aportaciones de los gobiernos estatal y federal.

Lo suyo fue una bola de nieve que, conforme pasaban los años, crecía y crecía hasta que, llegada la oportunidad, se hizo añicos.

Si la señora hubiese hecho la actuación de una obra de teatro, quizá el director la hubiera rechazado, por salirse del libreto que ella misma había escrito.

Las peculiaridades de su pésima trama fueron tan evidentes que no se necesitaba poseer ojos de águila para detectar las anomalías.


Por ejemplo, el único “proveedor” era Gerard Estif Suárez C, yerno de la cocinera del  albergue, Sofía Montejo Hernández, que dio de alta el domicilio fiscal que tiene registrado en la Secretaria de Hacienda federal: calle Tikal 141…colonia Fovissste III etapa, con el código postal 77026..de la ciudad de Chetumal, Quintana Roo, México.
“Pero resulta que en esa dirección no existe ningún comercio, empresa o local que venda los productos  descritos en las facturas que emite….Los vecinos de esa casa explican que es un domicilio particular…que allí no opera ningún comercializadora ni bodega ni es centro de distribución de ningún artículo…..


Además, hay otro dato que indica que quien vive allí trata de que no se detecte el número de la casa, ya que fue borrado…”

Una irregularidad más:

“…lo que hay que decir es que aunque haya facturas, que respalden las compras con que se surte al albergue, la verdad es que LAS COMPRAS SON FANTASMAS…NO INGRESAN AL ALBERGUE  Y EN CONSECUENCIA los estudiantes no comen lo que en papeles fue comprado…”. En realidad comen “carnes, frutas, legumbres y todo lo que está enlistado en las facturas, sólo en FANTASÍA….”.


 (Fe de ratas; Mario Hernández. 30, octubre, 2016)    

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